DIEGO SALCE:
Nacido
en la provincia de Buenos Aires, inicia allí su militancia y formación
política junto a compañeros de la Resistencia Peronista. En ese marco,
se desempeñó como Jefe de la Juventud Peronista dentro del Movimiento
Nacional Peronista, conducido por Andrés Framini.
Fue
integrante del espacio Jóvenes Revisionistas del Instituto Juan Manuel
de Rosas, participando activamente en la reivindicación del pensamiento
nacional y la revisión histórica argentina.
Militante
nacionalista y comprometido con la causa Malvinas, fue conductor de la
organización Resistencia Patriótica junto a Toni López. En ese marco,
participó en la repatriación del buque Yehuin, utilizado durante la
Guerra de las Malvinas, el cual fue reconocido en 2009 como Bien de
Interés Histórico por la Honorable Cámara de Diputados de la Nación.
Asimismo,
junto a Toni López, es coautor de la llamada “Ley Gaucho Rivero”,
normativa orientada a prohibir el amarre y abastecimiento en puertos
argentinos de embarcaciones con bandera británica destinadas a la
exploración o explotación de recursos naturales en las Islas Malvinas.
Posteriormente
se radica en la provincia de Santa Fe, donde continúa su actividad
política y comunitaria. Es presidente y fundador del partido político
local Hagamos+, desde donde impulsa una agenda orientada a la
participación ciudadana y el fortalecimiento del entramado social.
En el ámbito de la gestión pública, se desempeñó como Secretario de Servicios Públicos en la ciudad donde reside.
En
paralelo, desarrolla actividad en el campo de la comunicación y la
producción política. Es autor del libro inédito “2084” y participó en la
obra Notas de militancia, para siempre volver de Natalia Jaureguizahar.
Actualmente
conduce un programa de análisis político semanal en Radio 10 Rosario,
donde aborda la actualidad nacional desde una mirada crítica, vinculada a
la defensa del interés nacional y la reconstrucción de la comunidad.
Fue uno de los discípulos del legendario Jorge Rulli en su época de "Trinchera".
CUANDO LA LIBERTAD ES ABANDONO.
La comunidad organizada en tiempos de fragmentación
Hay algo profundamente incómodo en volver a La
comunidad organizada en Juan Domingo Perón hoy. No porque su
pensamiento haya quedado viejo, sino porque interpela de frente a una
época que hizo del individualismo una virtud y del “sálvese quien pueda”
una forma de organización social.
La comunidad organizada no es un texto tibio. Es, en el
fondo, una impugnación directa al mito liberal de la autosuficiencia
individual. Perón no niega al individuo, pero lo ubica donde duele:
dentro de una comunidad que lo condiciona, lo sostiene y, también, le
exige. La libertad deja de ser un eslogan vacío para convertirse en una
práctica situada. Y eso, hoy, resulta casi subversivo.
Porque seamos claros: la idea de que cada uno puede (y debe)
arreglarse solo no es libertad, es abandono con marketing. Es el disfraz
elegante de una sociedad que se desentiende de sí misma. Frente a eso,
la “comunidad organizada” aparece como una provocación: propone
equilibrio, sí, pero un equilibrio que obliga. Entre capital y trabajo,
entre derechos y deberes, entre Estado e individuo. Nada de extremos
cómodos.
Ahí es donde aparece la famosa “tercera posición”, tantas
veces caricaturizada. No como una tibieza equidistante, sino como un
intento (quizás el más ambicioso) de romper con la lógica binaria que
reduce todo a mercado o Estado, a libertad o igualdad. Perón plantea
otra cosa: una sociedad donde esos términos no se anulen, sino que se
tensionen productivamente.
Ahora bien, el problema no está solo en lo que el texto dice,
sino en lo que exige. Porque hablar de comunidad implica asumir costos.
Implica aceptar que el interés propio no puede ser la única brújula. Y
eso, en una cultura atravesada por el consumo, la inmediatez y la
autoafirmación constante, es casi un sacrilegio.
También hay que decirlo: la “organización” no es inocente.
Puede ser herramienta de armonía o de control. Puede construir comunidad
o sofocarla. ¿Quién organiza? ¿Desde dónde? ¿Con qué límites? Estas
preguntas no desarman el planteo de Perón; lo vuelven más urgente.
Porque si la comunidad no se organiza, alguien la organiza igual y rara
vez en favor del conjunto.
Hablar de comunidad, sin embargo, exige salir de la comodidad
de las grandes palabras. No alcanza con invocarla: hay que practicarla.
Y esa práctica no empieza en los discursos ni en las estructuras, sino
en lo cotidiano. En el gesto, casi doméstico, de cuando hacemos un
bizcochuelo, cortar un pedazo y acercárselo a la vecina para que lo
pruebe; un gesto simple que, sin proponérselo, obliga al encuentro: la
vecina que vuelve para agradecer, para comentar la receta, para abrir
una conversación. Puede parecer menor frente a las grandes discusiones,
pero es exactamente ahí donde se juega lo esencial: en esos intercambios
donde se recompone, aunque sea mínimamente, el tejido social erosionado
por la lógica de la competencia y el mercado. Porque ninguna comunidad
se sostiene solo por diseño institucional: se sostiene cuando los
individuos dejan de verse como rivales y vuelven a reconocerse como
parte de un mismo destino.
Tal vez por eso el concepto de “bien común” genera tanta
incomodidad. Porque obliga a salir de la lógica del beneficio inmediato.
Porque introduce una idea que el presente parece querer borrar: que hay
algo por encima del interés individual.
Releer La comunidad organizada hoy no es un acto de
nostalgia. Es, en todo caso, un gesto incómodo, casi contracultural. Es
preguntarse si una sociedad puede sostenerse cuando lo único que la
organiza es la competencia. Es poner en duda si la libertad, vaciada de
comunidad, no termina siendo apenas un nombre elegante para la
desigualdad.
La
disyuntiva, entonces, no es retórica sino estructural: o la comunidad
organiza la vida social bajo la idea de bien común, o el vacío es
ocupado por la lógica del poder desnudo, donde los vínculos se reducen a
transacciones y la libertad se mide por la capacidad de imponerse sobre
otros.